La eclosión de escritores Africanos.

literatura africana

La eclosión de escritores Africanos contrasta con la situación material del sector del libro en la región.

 “No podemos entender el mundo si seguimos pretendiendo que una pequeña fracción es representativa del mundo entero (...) las historias deben mirar al mundo a la cara: es el momento de decir que la superioridad económica no significa superioridad moral. Es el momento para nuevos narradores”, aseguró la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, paradigma de la rutilante voz literaria y de pensamiento que emerge imparable del África subsahariana, en su parlamento inaugural de la 70ª Feria del libro de Fráncfort hace unas semanas.

La industria da la razón a la autora de Americanah o Todos deberíamos ser feministas: la cita mundial más importante del sector promovió, bajo un significativo epígrafe a dos lenguas, Lettres d’Afrique: changing de narrative, una veintena de actos donde 34 exhibidores de 19 países, de Benin y Burundi a Togo o Zimbawe, diseccionaron la situación del libro en su región. Ahí hay ya una mina al aire libre. Pero la esquizofrenia es total. Mientras en el estand de la exquisita Editions du Seuil francesa lucía una fotografía gigante del congoleño Alain Mabanckou como su gran apuesta para la rentrée literaria, en el foro se constataban los problemas de los editores subsaharianos para encontrar (y pagar) papel para sus libros.

 Las editoriales occidentales sólo publican valores seguros, que usan una de las cuatro lenguas coloniales, inglés, francés, portugués o español, cuando el patrimonio africano oral y escrito y, por tanto, su cosmovisión, es vastísimo; hay voces en lengua yoruba, por ejemplo, pero, claro, viven en una diáspora entre Nigeria, Togo, Benin, Somalia... que hace difícil su conocimiento. No hay muchas cifras de nada y tampoco son seguras, pero se calculan en unas dos mil las lenguas habladas en el continente.

Los anglosajones, como Penguin Random House o Pan Macmillan, tienen filiales en algunos países, como Sudáfrica; los franceses son más verticales y lo centralizan todo en París, pero en ambos casos la estrategia es vender mayormente sus autores occidentales a las nacientes clases medias africanas. Pero por vez primera, el proceso se está revirtiendo; se trata de consolidar y normalizar la literatura subsahariana; de momento, mayormente con escritores que usan las lenguas coloniales, lo otro tardará un poco más; aquí lo importante es que no estén ya en un pequeño estante que ponga ‘Literatura africana’ sino ‘Literatura’, a secas.

Las diferencias entre países Africanos son notables y dentro de cada uno, entre el campo y la ciudad también; Sudáfrica es el más parecido a un país occidental y Nigeria, por ejemplo, crece exponencialmente, pero es muy desigual. En Lagos, antigua capital, se ve esa clase media nacida con la industria del petróleo, que ha enviado a sus hijos a estudiar al extranjero y que es la que compra libros; y eso contrasta con el campo, donde no hay librerías ni bibliotecas. Hace unos meses, en el Open Book Festival de Cape Town, en Sudáfrica, país con dos de los 14 grandes festivales literarios de todo el continente, apenas una docena si se quitan los de los países árabes norteafricanos.

Sudáfrica también concentra un 25% de las 12 ferias del libro. El Open Book es muy joven: la primera edición es de 2011 y no llega al centenar de actos (la de Fráncfort, cada vez más festival, tiene más de 4.000). Hay escasas agencias literarias: Autóctonas, hay pocas; la mayoría de autores están con agentes de Nueva York o Londres, pero una buena parte no quieren estar representados por la metrópolis colonia. Aún con todo, Sudáfrica es la segunda potencia editorial del continente tras Egipto; la tercera es Nigeria. Kenia, Uganda, Etiopía y Zimbabue cerrarían el ranking de los diez primeros, tras Marruecos, Túnez y Argelia.

¿Usted cree en un África de los libros? Nosotros también. Quizá por eso, a pesar de todo, Chimamanda Ngozi Adichie ha llegado ya a ser lectura de Secundaria en Suecia.


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